La quería y la quiero, pero nunca supo quién soy.
El amor es algo difuminado y suave: difuminado porque los caminos que se eligen, se eligen a ciegas y suave porque te encierra en un manto de algodón, una burbuja anti-dolor en la que tu mayor enemigo eres tú mismo. Le prometí que un día se lo explicaría.
La quería y la quiero, por símiles místicos y juegos de seducción, por tratos y nervios en la oscuridad, por los besos y caricias y por paseos de la mano. Por el beso de despedida, y quedarme mirando embobado como mi vida pasa a basarse en una sola persona y esperar con locura el calor de su piel. La quiero por las lágrimas que me derraman, y las que a ella se le han derramado. Por su hermosura e inocencia benditas. La quiero por nuestros abrazos cada mañana en que nos reencontramos. Por tenderme en su regazo y que ella me bese suavemente.
Porque la echo de menos. La quiero por absurdos celos despiertos en mí, que no me había despertado nadie más que ella. Por todas las risas que hemos compartido, y todas las miradas a sus hipnóticos ojos. Por su color especial. Por apasionados momentos de frenesí en los que nos uníamos en uno. Por promesas rotas, tenía en mi agenda un recordatorio para enseñarle un amanecer a principios de Julio, pensaba cogerla de la mano y apoyar mi cabeza en la suya, susurrándole al oído todo lo que significa para mí. Por un beso bajo la lluvia. Por desear cada rincón de su cuerpo. Por sus apoyos e historias, que me hacían sonreír sin que ella lo supiese. Por vivir aventuras nuevas y prohibidas cada día con ella. Por la emoción y la cuenta atrás para vernos, y por quererle dar todo. Por su sonrisa descarada y por sacar todo lo bueno que tengo dentro. Por lo que me dio, y lo que le dí. La amé y la amo por hacerme feliz...Sin embargo, estaba esperando desde hace un tiempo alguna oportunidad para comprobar lo que ella de verdad sentía por mí, no solo con palabras sino con actos. La oportunidad llegó, y los resultados me dejaron en el más profundo y desgarrador dolor, por todas partes encontraba evidencias de que su querer hacia mí era superficial y con condicionantes. Seguramente no era así, pero yo me autoconvencía de que sí. Es raro que por una vez alguien se apegue a mí y no rehuya, siempre me he visto solo, no entendía por qué, pero la compañía no es algo constante en mi vida. Siempre intenté ocultarle mis pesares, porque llora con facilidad, y el sonido de su llanto es el más horrible para mis oídos. Esto se volvió contra mí, ante mi pesar y su insistencia (se que me quería, pero me costaba asimilarlo) me convertía en la persona que reside en mí y que odio profundamente. La trataba mal, era frío y distante, evitaba contarle lo dañino. Le pedía un poco de tranquilidad, no era capaz de luchar contra mí mismo y contra ella a la vez, aunque ella no quería luchar. A veces cuando terminábamos de hablar, me quedaba horas reflexionando. Tenía un miedo irracional a que algo se interpusiese entre nosotros, la quería solo para mí. No me daba cuenta de que yo era ese algo, mi subconsciente me hacía jugar cartas que no tenía. Mientras tanto, necesitaba oír su voz para que me convenciese de que todo iba bien, que me tranquilizase, y no la oía. Solo oía el ruido incesante de mis pensamientos, por un lado ser feliz y por otro no serlo, nunca se me dio bien elegir. Tras incesantes horas y pensamientos, decidí que debo ser la única persona que cargue con mis cargas, puedo sobrevivir como lo he hecho muchas veces. Le envié un mensaje del que me arrepentí hasta la extenuación. Después de eso, el miedo me atenazaba y esperaba que nunca me llamase, pero lo hizo, reuní todas mis fuerzas, y acabó todo.
Nunca supo quién soy (nadie lo supo). Yo necesitaba compartir mis inquietudes, quería escuchar palabras especiales y distintas que me demostrasen que ella era la persona con que siempre soñé. Todo era demasiado superficial, yo soy un estúpido maniático, lo sé, pero necesitaba algo más. Necesitaba soñar, pocas veces lo hice. Ayer llegué borracho a mi casa, y con un deje de locura solté una carcajada al ver una cría de golondrina asomar su redonda y rechoncha cabeza por el nido, se que no soy corriente, no se ni cómo soy. Antes de eso, hablaba con una compañera de fiesta en una caseta, le conté todo lo que pienso de la vida y todas mis inquietudes, estuvimos hablando largo rato. Ella me escuchaba atentamente, mirándome a los ojos aunque sabía que estaba borracho, y luego me contaba su opinión. Le conté algo que a nadie le había contado. Siempre eché de menos que ella me aportase cosas así, no la culpo porque no creo que haya nadie que me pueda hacer totalmente feliz.
Acabo recordando algo que me ha dicho la única persona que siempre está ahí. Ramón me recordó que nunca te quieren igual que tú quieres. Aveces más, aveces menos. Pero nunca igual. Y me permito, para terminar, insertar aquí unos versos escritos por él, que consiguen desnudar mis lágrimas, mi alma y mi garganta.
Un día para olvidar.
Suaves se hablan las pieles
Para acallar a las palabras
Una acaricia es mi Aquiles
Mas solo, triste, acallada.
¿Querer? Quiera el que pueda
Que yo buscaré cobijo
En destrozar con los nudillos
Hasta que los llantos cedan.
La mirada se me escapa
Y la mente me castiga
Con un sentir a llama
La vida no recompensa
Ya no espero el día
Que las penas valieran la pena.
Suaves se hablan las pieles
Para acallar a las palabras
Una acaricia es mi Aquiles
Mas solo, triste, acallada.
¿Querer? Quiera el que pueda
Que yo buscaré cobijo
En destrozar con los nudillos
Hasta que los llantos cedan.
La mirada se me escapa
Y la mente me castiga
Con un sentir a llama
La vida no recompensa
Ya no espero el día
Que las penas valieran la pena.
