No soporto los que creen que viven en la farámbula, el cotilleo, los gritos, los ciegos de pensamiento, las medias verdades y las mentiras completas. Apariencias, falsa moral, los que se ahogan en un vaso de agua, los que contradicen con palabras sus pensamientos, los que traicionan a sus amigos, los románticos de tocateta y flor de plástico, las que apagan la luz para hacer el amor, los fuertes que se dejan manipular y los débiles que intentan dominar.
Las risas enlatadas, lo previsible, los que desterraron la imaginación, los que temen todo lo desconocido, la falta de gratitud, el mal aliento, las puñaladas, la represión. Las que no me suponen un reto, el odio en general, capitalismo, hambre, pobreza, enfermedad, tristeza, indiferencia, marginación, desigualdad, hacer daño a quien quiero hacer feliz, no poder escribir las mañanas de resaca, las flores secas, silencios incómodos, los saludos por compromiso y las quejas por sistema.
La inseguridad constante, insultos, traumas, la seriedad, violencia, los que solo saben mirar al suelo, los que se ríen de todos menos de sí mismos, la distancia, la reactividad exagerada, el mecanicismo, robots, la falta de improvisación y los que sancionan la creatividad. Odio que nunca te quieran como quieres, las despedidas, y sobre todo lo que nunca llega a empezar, la incertidumbre que me carcome.