Archivo del blog
30 de agosto de 2010
Relación de poder
26 de agosto de 2010
Un día en mi Alejandría (IV)

Falta poco para que amanezca, tengo las piernas agarrotadas, tiemblan. Ella me hace una señal y me levanto casi sin darme cuenta, de hecho todo pasará a partir de ahora casi sin darme cuenta. Corremos sigilosamente pegados a las paredes, saltamos en puntos estratégicos, nos agachamos al acercarnos a las ventanas. Todo calculado. Ahí arriba la nube se empieza a esconder tras las nubes para lavarse las manos de lo que va a ocurrir. Yo me limito a seguirla, mientras palpa paredes y abre portezuelas ocultas. Hemos llegado a una habitación, y por la luz que desprenden los ojos de mi socia, es la que buscábamos. Coge de una mesa una copa y de un estante una vieja botella de vino, se lo sirve y se sienta a pensar, aunque yo sé que no le queda nada por pensar, ya sabe lo que hay que hacer. Hablaba una leyenda de una muy antigua y valiosa joya encontrada en las profundidades del Cairo, que había sido la causa de varias guerras entre reinos. Su color rojizo oscuro no hace sino encerrar todo su misticismo y brillo. Sin duda la piedra más hermosa del mundo, pero es eso, una piedra, aunque si ella la quiere, la tendrá.
Hemos venido a Alejandría porque es el anciano alquimista de la ciudad el encargado de custodiarla hasta que, al amanecer, se entregue al rey del país vecino como símbolo de paz y cordialidad, después de las malas relaciones que han reinado en los últimos tiempo. Me mira, y yo sé lo que quiere decir, ella enciende una antorcha para alumbrarme, y yo le doy algo en la mano, sin preguntarse lo que es, se lo guarda. Una gran puerta de cristal separa la habitación de un pequeño pasillo, hago palanca con una barra metálica, abro la puerta, y cruzo el corredor. Aquí está. Dibujo algo en el suelo, para desvanecer cualquier posible conjuro fruto de la alquimia, y lo cojo con delicadeza. Realmente su belleza no es tan impresionante, no tanto al menos como lo es la que me espera en el otro lado del corredor. Como decía todo está pasando muy rápido, y ella me grita que se lo lance a las manos, no pienso en nada cuando ella me pide algo, solo en obedecerla, así que lo hago. Debí sospechar lo que estaría a punto de pasar. Se guarda la joya, y lanza la antorcha hacia la habitación (de madera) antes de dejar bien cerrada la puerta. Mi muerte le asegura no tener que compartir la riqueza con nadie, pero yo no quería nada, si me hubiese preguntado... Podría hacer esfuerzos inútiles por extinguir el fuego, pero esto se está acabando, y prefiero pasar los últimos instantes de mi vida viendo cómo se va. Es hipnotizante cómo mueve las caderas.

Debo salir de aquí antes de que el fuego se extienda al resto de la casa y salte la alarma. Queda poco para huir por fin de esta vida, y ser una verdadera reina. Una vez fuera, la luna está escondida y las estrellas se van disipando, casi ha amanecido. Corro hacia el acantilado donde preparé el bote para la huida. Me noto un bulto en el bolsillo, es lo que me dio Pablo. Es un anillo, será mejor tirarlo por ahí, no necesito esta carga para nada. Se escuchan susurros, llevo un rato sintiendo como me persigue una sombra. Tengo tiempo para quitármelo de en medio, así que me paro en medio de un claro. De entre los arbustos sale un joven de unos quince años, de poco peso y baja estatura, muy mal aspecto, visiblemente drogado. Deslizo la mano hacia la navaja que guardo en el cinto y me lanzo hacia él. Escucho un ruido ahí detrás. Todo se vuelve oscuro.
Le he dado. Ha estado a punto de cargarse a mi amigo, menos mal que estuve atento, esta no era la típica campesina que no opone resistencia, le advertí que nos costaría un susto. Mientras él la examina para ver que tiene, me fijo en algo que brilla en unos metros, me acerco y cojo el anillo, mi amigo ha sacado todo lo que tenía que sacar, así que cojo el cuerpo intentando que la sangre no se desperdigue mucho y lo poso al pie de un árbol, este anillo no debe valer mucho, sin que lo vea mi compañero se lo pongo en las manos y las cruzo cerradas sobre el pecho. Le cierro los párpados. Fernando tiene los ojos como platos, ha descubierto una especie de gema que podría tener algún valor, me acerco a examinarla, pero él sale corriendo hacia el acantilado, como si la quisiese para él solo. Le persigo antes de que tenga tiempo a esconderla y le arrincono. ''Sal de ahí, es peligroso, tranquilo, repartiremos las ganancias cuando lo vendamos''. Con el semblante más serio que jamás le vi, hace un gesto de negación, y se tira al mar para escapar. Mi corazón está encogido, apenas puedo moverme, pero alcanzo a ver como el mar se tiñe de rojo. Debo salir de aquí antes de que amanezca, no pueden relacionarme con esto.

Hace ya un rato que amaneció, es increíble que después de más de cuarenta años contemplando el espectáculo no acabe de acostumbrarme, cada amanecer tiene un matiz distinto, con el tiempo he aprendido a prestar atención a esos detalles para que la pesca no se haga tan monótona. Aquí posado frente al gran faro que se observa a los lejos he pasado más de quince horas al día durante muchos años para dar de comer a mi familia. Tanto utensilio de pesca, y al final lo más importante es la fuerza de voluntad, y la resistencia física. De un tiempo a esta parte no ha habido mucha bonanza en cuanto a pescado se refiere, comemos de vez en cuando, pero eso ha dejado de ser suficiente desde que mi hijo anunció su boda con la joven Ariadna. No hay dinero, es lo que hay. Algo ha picado, no parece gran cosa, con un tirón basta para capturarlo, al subirlo me doy cuenta de que tiene un extraño abultamiento. Lo abro con el cuchillo y se descubre, bajo las tripas, una joya, no sé qué valor tendrá, pero con que valga como su belleza, tengo para darnos de comer al menos dos semanas. Dejo mis cosas a fianza de un pescador que está a mi lado y voy corriendo camino al tasador. Esto podría pagar la boda de mi hija. A la altura de la puerta de la ciudad, con la prisa como consejera, acabo chocando con un chico, y con una rocambolesca pirueta la joya se desliza de mis manos para acabar metida en su ancho bolsón, parece que no se ha dado cuenta, así que me dispongo a recuperarlo cuando me advierte una voz desde ahí detrás: ''Ten cuidado, tiene sangre azul''.
17 de agosto de 2010
Pequeño inciso sobre las amantes de en sueño
Pasan los años, increíblemente, inevitablemente. Todo sigue igual, pero cada vez necesito un poco menos de luz para ver claro. Escribo de nuevo en esta azotea, de nuevo al amparo del desvelo, y esta vez con un bolígrafo que me prestaron hace ya tres o cuatro meses. Hoy, en esta mañana de agosto, lloverá. Lo sé porque acaba de caer una gota de lluvia sobre el papel, y porque la mayor parte de las nubes tienen un color oscuro, a excepción de la más grande (y oculta) que brilla con una viveza sorprendente (mis metáforas tampoco cambian). Es como la letra pequeña en un importante contrato (el de la vida), una clausula por la cual sé que el sol saldrá en algún momento de donde se esconde.
A contrarreloj, y con las nubes agolpándose para conspirar sobre mi coronilla, te comento que cuando muera habré vivido dos vidas distintas y casi simultáneas. Cada vez comprendo mejor por qué algo ‘’perfecto’’ y de ‘’en sueño’’ son parecidos. Huele a humedad, creo que nunca aprendí del todo a soñar, porque acabo cayendo siempre en los mismos errores. He aprendido que las mejores amantes son las de los sueños (hasta que me demuestren lo contrario), porque están hechas a medida, y duran lo justo para dejar un buen recuerdo. Chico conoce a chica que le confiesa su indefensión ante la vida, él se ofrece a protegerla, se desencadena un recital de romances algo confusos y del que ambos acaban exhaustos. Él promete llamarla y despierta. Al rato acaba asimilando que fue un sueño y que no volverá, ni podrá llamarla, pero en el fondo está satisfecho. Se propone rechazar desde el principio a la próxima que perturbe sus noches, pero sabe que en el fondo valora más la inspiración que la cordura.
A veces no entiendes que necesite perderte para quererte un poco. Si estoy cabizbajo no es por odio ni por miedo, sino por melancolía. Melancolía que conecta sueños y realidad, y que por tanto agradezco. Espero que estés disfrutando la tregua que te di, pero volveré a retomar el pulso, y espero caer en los mismos errores, porque en la realidad finita no te puedes escapar, no eres un sueño.
1 de agosto de 2010
Un día en mi Alejandría (III)
Mi nombre es Eduardo, proviene del germano y significa ''el guardián'', es un nombre bastante apropiado a mi situación (que únicamente tú, como lector, intuyes que es completamente pretendida por un, para mí, abstracto escritor, pero yo en mi fingido desconocimiento del creado solo puedo atribuirle la situación de la coincidencia entre nombre y oficio a una inocente y anecdótica casualidad), podría haber tenido otros nombres parecidos en significados, pero habría desacuerdos en ciertos matices (no es lo mismo guardar que proteger), pero olvidando estos matices podría haberme llamado Héctor o Edmundo si protegiese unos dominios propios, Ramón si además de protector fuese sensato o Alejandro si mi papel en esta historia fuese más trascendental, por el contrario Darío o Guillermo se desprenden de tantos matices ofreciéndose ante un público menos selecto con su inespecífica y honrada generosidad. Pero como ya digo, mi madre y, probablemente la casualidad, decidieron que me llamase Eduardo ''el guardián''. A pesar de toda esta palabrería no soy un charlatán, pero me veía obligado a buscar un enlace entre mi condición de guardián (de algo que aún no sabes) y la de hijo (recordemos, para evitar confusiones, que todo hijo tiene una madre y toda madre tiene a su vez otra madre, constituyéndose así clara y definidamente una cadena de historias para contar que pienso aprovechar en este momento).Mi madre era la típica mujer de la que te enamoras sin dificultad ni pretensiones. Tengo una imagen de ella en la cabeza, pero me cuesta describirla con lógica, veo una chica joven que da saltos, brilla con intensidad y saca la lengua. Un buen día se despidió de su madre (de cuya historia prescindiré) pidiendo permiso para fugarse con un joven de, pongamos, Tebas. Ella era así, le gustaba pedir permisos que no necesitaba ni luego tendría en cuenta. No se lo dieron, y se fugó sin más demora. Anduvieron por los campos y desiertos una temporada, hasta que ella se encaprichó de Fabricio, un hijo de artesano con dinero y sin vergüenza y se fue con él a Alejandría para que les mantuviese el bueno del artesano. Una noche se dio cuenta de que se sentía atada, y ella quería brillar, saltar, y sacar la lengua, así que volvió a escapar. En una taberna bebió, conoció a alguien, volvió a beber, e hicieron el amor. Fue en la playa, sobre una roca, llovía, ella lloraba de felicidad (por dentro brillaba), él estaba quizás más pendiente de demostrarle su masculinidad que de disfrutar. Cuando ella despertó él no estaba, se percató unas semanas después de que aquel hombre le había probado su masculinidad de la forma más esencial e indiscutible. Estaba embarazada. Ya no saltaba. Es por esto que la llamo madre, y ahora podemos decir que su madre la llamó María.
Quizás te has percatado del cambio de párrafo y te hayas preguntado el motivo, confieso que en este punto voy a enlazar una historia con otra. Yo tenía unos cinco años cuando recogíamos frutos en el bosque para comer, seré breve cuando diga que la tormenta era terrorífica y nos sorprendió. Ella me tranquilizaba diciendo que los árboles pararían el impacto de los árboles, y así fue, actuaron de escuderos ante los impactos, pero fueron sin querer el asesino de su caballero. Un de los rayos partió en dos un árbol que, casualidades, cayó directamente sobre mi madre, sobre mí cayeron un montón de ramas que no me mataron, pero me dejaron sepultado y con los miembros inmovilizados. Por el suelo se filtraba algo de oscura sangre, que no era la mía, y se podían escuchar algunos lamentos, que no salían de mi boca. Ahí fuera vi otra luz y recordé que mi madre saltó para esquivar el impacto. Ignoro si murió con la lengua fuera, pero me gusta imaginar que abandonó la vida como la vivió, brillando, saltando, y con la lengua fuera.Yo permanecí heroicamente días allí, solo podría ver algo de luz que se infiltraba en el montón de madera que me sepultaba, y eso, madera que crepitaba ante la humedad y me protegía de las temperaturas y las alimañas. Esa imagen me fascinó y se gravó en mí para siempre, así que pronto decidí que lo que me gustaba en la vida era la madera. Rescatado y adoptado por el guardabosques desarrollé rápido mis dotes de investigación y estudié maniáticamente la madera (como el maníatico que se obsesiona con, pongamos, la piel de cerdo), cuando concluí que ya conocía todos sus componentes microscópicos y sus propiedades me dispuse a trabajar con ella. Primero fui carpintero, me cansé de darle forma y fui un simple vendedor para hogueras y fogatas, me cansé de comerciar con ella (la traicionaba en cierta forma, igual que siendo carpintero o juguetero, o constructor) y tras muchos años acabé aquí, de guardián. La madera mató a mi madre y salvó mi vida, es una idea que me perturba en las noches, aun así la única forma de no utilizar la madera de una manera ofensiva y traicionera era protegerla, salvagurdarla y moderar su utilización. Soy uno de los guardianes de la gran puerta de Alejandría.
Y he contado todo esto en lugar de concluir simplemente diciendo ''Mi nombre es Eduardo, soy un guardián de la gran puerta de Alejandría''. Esto a parte de tener menos mérito me privaría de hablar de lo que principalmente quería hablar. ¿Nunca te has preguntado por qué sientes más pena ante la muerte de personas de las que conocías algo que de completos desconocidos? En la vida he aprendido a descartar el altruismo y la bondad como algo espontáneo, es más algo reprimido que aflora sin motivo y al azar. Todas las cosas tienen una historia, la linealidad del tiempo humano así lo exige, estas historia se transmite e interpreta de distintas formas y acabamos teniendo una imagen mental de su esencia. Nosotros mismos tenemos una historia, y la dichosa imaginación nos hace pensar en cómo sería la forma perfecta en la que se desenvolvería. Ponemos en nuestra historia toda nuestra esperanza, porque es lo más preciado que tenemos. Que una historia que conocemos quede destruída sin vuelta atrás nos hace plantearnos inconscientemente que nuestra propia historia también podría, por puro azar, verse truncada algún día. Ese azar que decide nuestro día a día y que sin embargo apenas tenemos en cuenta a la hora de planear nuestra historia. Es todo egoísmo, sufrimos cuando se pierden historias porque la nuestra se perderá algún día. La poca piedad por los animales se puede explicar mediante lo poco cristalinas que vemos sus historias, por el contrario si un animal vive su historia junto a la nuestra y somos testigos, sí llegamos a sentir esa pena por su final posiblemente incorrecto.
Mi compañero, al otro lado de la puerta, me habla de una cita (''así que no entiendo por qué lavarme los dientes antes de una cita si quedamos para cenar, ¿para qué hacer la cama si luego la voy a deshacer?''), y me pregunta por mi hija Ariadna. Le respondo con un falso interés, al fin y al cabo oirás hablar de ella en otra ocasión. Alguien se acerca para entrar en la ciudad, mi compañero y yo nos miramos con asombro. Ha vuelto a la ciudad, y va solo.