21 de marzo de 2010

Primaveral

...Me impulso flexionando y extendiendo las piernas, con lo que inicio un salto que me lleva a pasar la ventana hacia el patio de mi casa. Miro hacia arriba y se agolpan sobre mi mirada muchísimos metros de edificio que dejan ver encima de ellos un trozo de cielo azul y el pico de alguna nube. Agarro la pared con las uñas y fijo en ella la planta de los pies para disponerme a escalar. Me impulso hacia arriba a toda la velocidad que me permite la física, escalo hasta que vislumbro el fin del camino. Un impulso más y estaré en la azotea, agarro una mano al bordillo pero siento un pequeño picor en la nariz y el impulso irrefrenable de rascarla con la mano en la que me apoyo. Sé que caeré al vacío pero quiero rascarme, así que lo hago. Como imaginaba que pasaría una mano me recoge antes de que caiga y me sube a suelo firme. Un señor de pelo canoso está de pie ante mí y ante mis mismos ojos se convierte sin más en una cometa roja, de cuyo extremo de la cuerda está agarrada mi mano.

Me incorporo y con la lucidez de alguien que ya lo ha vivido todo le doy un tirón a la cometa, a lo que responde elevándome poco a poco. Si no fuera porque mi nudillos están ya desgastados de la escalada no encontraría problemas. Grito un poco por dentro de falsa euforia y ya me siento seguro. Aprovecho que estoy planeando sobre la ciudad para agitar las piernas y deshacerme del fango que me cubre las zapatillas. Siento sacudidas de nervios al ver a una panda de chavales sentados en torno a un banco, es increible lo simple que es la vida. Se me ocurre una idea y chasqueo los dedos: mi idea es ser idea un rato, pero no puedo abstraerme más allá de la idea de algo invisible que flota, así que opto mejor por usar un rato las piernas para despejarme. Tiro de la cuerda, me escurro el viento que se me ha quedado pegado y me bajo en un balcón lleno de flores. Por desgracia he dado a parar demasiado cerca de un ser de mi misma especie pero distinto género y carente de vestimentas, por la humedad de su piel deduzco que viene de asearse, pero antes de poder averiguar más su mano está abalanzandose hacia mi cara, a lo que respondo saltando al balcón de al lado, que está abierto.


Un sentimiento de resaca perdida se cuela por mis vasos moviendo mi pulso a su antojo cuando veo a donde he llegado. Una chica de unos 18 años con cara de gritar a sus adentro día y noche me mira con una desesperanzada palidez que se refleja en sus ojos verdes. Llevo mi dedo índice a la boca y lo poso sobre los labios con la esperanza de que sus palabras no estropeen la verdad del momento. Sin más la cojo con fuerza de la mano y me abalanzo a abrir la puerta para salir de la casa mientras tiro de ella, por el camino atropello a lo que parece ser su madre con una bandeja de galletas y subo las escaleras del bloque hasta llegar a otra azotea, distinta de la anterior. En el cielo se dibujan nubes negras y la chica me mira con confianza, no sabe quien soy ni lo que hago, pero creo que le parece mejor que lo que estaba haciendo en su cuarto. Sigo corriendo hacia el final de la azotea y la agarro por la cintura antes de saltar al edificio de al lado. Quiero huir de aquí, y creo que ella también.


Así pasan las horas y las horas, y los días, y seguimos corriendo para alejarnos de la negra nube.
Edificios, casas, tejados, fuentes, llanos, praderas, bosques... todo hasta que llego a una superficie arenosa desde la que llegan los sonidos de las olas estrellándose entre sí y se abrazan para reconciliarse. Me quito los zapatos y cuando quiero darme cuenta ella ya está corriendo por la orilla en dirección al sol. Me siento a contemplarla, sonreir y tocar la arena con los dedos de los pies. Cuando ya no queda sol se queda parada y se vuelve hacia mí. De sus ojos se desprenden un par de lágrimas, deduzco que de emoción. Me levanto despacio mientras oigo la canción que nos dedican un grupo de cigarras. Ella está delante mía, y hace un amago de abrir la boca. Evito palabras innecesarias. Mi brazo derecho e izquierdo se entrelazan en su espalda reduciendo nuestra distancia a escasos milimetros, y mi boca se sitúa en un ángulo opuesto al de la suya, pero estrechamente unidas. Después de segundos, o incluso minutos, me doy la vuelta y cojo el camino para volver. No quiero que ella vea mi sonrisa de oreja a oreja. Me espera un duro camino de vuelta, pero siempre puedo usar la imaginación para hacerlo más ameno. No se qué tiene la primavera pero me gusta. Miro las estrellas y estiro los brazos. Ahora tengo ganas de saltar.


3 comentarios:

Emilio José dijo...

¿Realidad o ficción?, Serían momentos bonitos si fueran reales porque si son fantasias...que jartura de fantasear tanto.

Anónimo dijo...

Super abstracto, pero me gusta :D

Debiera ser realidad, eh?

Alex dijo...

ya te digo xD

Actualmente hay comentarios que valen en este blog.