28 de diciembre de 2010

Es por ella


Es curioso, incluso puede resultar inconcluyente llegados a este punto en el que casi he dejado atrás miedos al fin o ilusiones de niños, pero tengo un autoconcepto que -al más puro estilo del club de los poetas muertos- cambia según la perspectiva. Resumiendo, si me miro desde el cielo veo a la persona que siempre quise ser, si me pongo a mi lado veo a mi más encarnizado e insoportable enemigo, y si me miro desde dentro únicamente alcanzo a ver ese incómodo vacío (más inconcluso que incómodo, por cierto) que me acompaña desde que tengo memoria, o más bien desde que ella apareció en mi vida.


No he bebido, aunque esta madrugada me acompaña una difusa lucidez, como si lo hubiese hecho. ¿Ella? podemos compararla a una botella de whisky a medio acabar, tiene el morbo de lo prohibido y te proporcionará unas horas en las que te sentirás el rey de lo terrenal y lo celeste, creerás que has conquistado lo conquistable, y te despertarás al día siguiente tal y como estabas. La podría comparar fácilmente también al humo del tabaco, pero no se me ocurren comparaciones en este caso que no tengan que ver con la droga. Creo que lo más valioso que me enseñó es a huir de lo insípido y falso. Pasé de encontrar belleza en colores vivos y luces a verla en grises escenas melancólicas de pañuelos, inevitables despedidas y lágrimas saladas. Desde entonces las mujeres por las que pierdo la cabeza es por misteriosas, impredecibles y con ese aire ausente, tal y como me enseñó ella que debía ser la auténtica belleza. Aprendí a desenmarañar las marañas de palabras para encontrar las que estaban ocultas bajo el ovillo de frases aleatorias, y por tanto a conocer a las personas. Perdí el miedo a no sonreír si no es necesario, y a hacerlo cuando nadie lo espera.


Me enseñó que el resultado de esperar la suerte no varía si no la esperas sentado, y a escribir. Sobre todo a escribir, conforme fue creciendo me fue exigiendo cada vez más y mejores resultados, y yo no podía ignorarla, lo que aumentaba el gran vacío que me acompaña, el de mi autoexigencia. Escribí sobre lunas, farolas, moralejas, viajes, cenizas, y placeres. Y ella estaba detrás de cada palabra, como el titiritero que sigue siendo en mi vida. Últimamente he conseguido apaciguar sus celos, y mantengo aspectos de mi vida que existían incluso antes de su llegada, como bailar por todo el salón cuando todos se han ido, o mi pasión por Buenos Aires. Con ella a mi lado solo he alcanzado la cima en una noche, y me he hundido muchísimas más, pero no me imagino sin ella, y si llego a ser feliz sin darle la espalda estoy seguro de que será para siempre, porque habrá sido el mayor mérito alcanzable. Esto lo digo porque la insolencia de la felicidad es tal que exige el despojo de lo sustancial y el alza de lo superfluo. Gracias a ella tengo el objetivo de demostrar que esto no es necesariamente así, y es por ella, lo único puro que tuve la oportunidad de encontrar, la metafísica, y sé que aún puedo aprender mucho más de ella, por la que escribo la penúltima entrada del año.


1 comentario:

Anónimo dijo...

Mi opinion... sobre esta entrada tel a diré por msn o algo, quiero preguntarte cosas :) Pero una vez más, me sorprendes.

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