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30 de diciembre de 2010

¿Qué es el alma? Parte III. Un día en mi Alejandría (V)


Otra vez el insolente zumbido de la trompeta azul a lo lejos se atreve a despertarme, tenemos visita. Mientras recupero poco a poco la visión las borrosas manchas azules y blancas se convierten en un bello paisaje, que aun doliéndome la cabeza logro apreciar como uno de esos para los que merecería la pena el noble y aún oculto arte de parar el tiempo. Una estampida de gotas de rocío se deslizan sobre unas anchas hojas azuladas, como si el lago al pie del cual descansamos fuese el epicentro de su existencia y compitiesen por precipitar en él. La luz del sol se refleja en el agua e ilumina este claro, donde todo parece puro, incluido el cuerpo que yace dormido a mi lado. Reconozco que aún tiemblo un poco al contemplar esos carnosos labios, su piel nevada y su curvilínea desnudez. No la despertaré, tengo que irme, en estas circunstancias lo normal sería deportarla para que lo pasado esta noche no salga a la luz, pero ella me gusta especialmente, podría planteármela como mi nueva asistenta personal, ya que Dulia está muy entrada en años. En todo caso luego la mandaré traer a mis aposentos para decidirme, ahora debo salir corriendo, me estarán buscando.

Una vez vestido y en los jardines de palacio trepo hasta el balcón de mi alcoba, donde Dulia me espera para abrirme. Me mira con desaprobación y escucho palabras sueltas, de las que deduzco que mi esposa me está buscando por los alrededores y que tengo que recibir a un visitante, pero mis ojos están clavados mientras tanto en su pícara sonrisa aderezada con algunas arrugar, y en sus senos aún duros a pesar de la edad, que esté en pie junto a mi cama no es más que una provocación del diablo para hacerme pecar de nuevo. Casi sin darme cuenta agarro su cintura y la acerco a mí. Los de fuera pueden esperar un rato más. Le ordeno que se quite la ropa y empieza por las tirantas del uniforme, me encanta esta chica.

Mi viejo amigo me deja en la puerta de palacio, y después de una pequeña charla con los guardias me abren la puerta. La puerta de los recuerdos, se podría decir, varios años han pasado desde que salí por esta misma puerta con poco más que una navaja y un par de paños para combatir el frío (paños que más tarde habría de empeñar). El gran recibidor que antes recogía retratos de mi familia, ahora está atestado de cuadros de comidas y cacerías con mi hermano gemelo siempre en primer plano, la gula era el último pecado capital que me faltaba por ver hoy. Rápidamente se ha corrido la voz de mi vuelta al reino, hace unos minutos se me ha acercado un desdichado hombre suplicándome que le diese algo que fortuitamente había acabado en mi bolsón, y un poco antes un escritor venido a menos ha venido a pedirme que le contase la historia de mi viaje, para servirle de inspiración. Al menos el guardián del portón sigue transmitiendo la calidez de siempre.

En realidad mi vida no habría sido nada del otro mundo si no fuese por mi sangre real. Crecí junto a mi hermano en palacio, con nuestras escapadas al pueblo y una desbordante imaginación que hacía de un mundo nuevo una simple cueva del acantilado. Lo hacíamos todo juntos, éramos como una sola persona, hasta que nos comunicaron que el rey de Alejandría sería el mayor de los dos (yo). La verdad es que no comprendíamos muy bien la magnitud de la situación, pero nos trastocó que por una vez las condiciones de ambos no fuesen las mismas. Comenzamos a distanciarnos. Yo pasaba las horas con mi instructora y leyendo en la biblioteca de palacio, mientras él seguía con las escapadas, que con el tiempo se tornaron a engaños, llevaba una vida desordenada y de excesos. Con los años llegó mi proclamación como rey y renuncié a tornar su pereza en algo de provecho. Así transcurrió el tiempo hasta que una noche llegó algo que rompería todos los esquemas. Me enamoré de una joven que ayudaba a su madre a arrastrar una carretilla a orillas del Nilo. Juro que en sus ojos el mismísimo faro de Alejandría iluminaba a todos los hombres que se hallasen cerca, y que la madera de la carretilla florecía al ser tocadas por la piel de seda que la guardaba del frío. No sé si por miedo o emoción, salí corriendo de allí lo más rápido que pude. Le pedí a mi hermano que me sustituyese, borré mis huellas, tiré de mi sombra, y salí esa misma madrugada en su búsqueda. En los años que estuve buscándola aprendí casi todo lo que sé, de las estrellas, de los prados, los bosques, fugacidad, y sobre todo de añoranza. Muchas cicatrices, un semblante más serio, y una sonrisa sincera es el legado que me dejó su amor, que ni existió. Renuncié a todo por ella, incluso a ella. La logré encontrar una mañana de Junio en un poblado judío a los pies de un montículo de arena y grava. Estaba casada con un labrador y tenía un hijo mulato de unos meses. Pasé subido al montículo tres noches y dos días deshaciéndome de lágrimas y propósitos. Unos días después mientras viajaba a la deriva me hablaron de un antiguo reino en decadencia, cuyo rey desatendía sus necesidades. La historia y el sonido de la harmónica que la acompañaba me hicieron recordar que alguna vez tuve algo a lo que aferrarme, algo que permanecería ahí cuando pasasen calentones y locuras de amor., falsos faros y cantos de estrellas y lobos solitarios. Y decidí volver, sin nada que perder, y con todo que ganar.

He llegado a donde me espera mi hermano, con su mujer al lado. Mirarle es como mirar un espejo roto, pero soy consciente de que yo no tengo esa mirada de estar viendo un fantasma, ni ese color tan sano en la piel. Tenemos mucho de lo que hablar, pero ahora mismo siento que un vacío se me está llenando, como si cuando estamos los dos cerca nos complementásemos, formásemos una sola persona, como si el alma no fuese más que la esencia de algo superior, que se forma al unir las partes de una persona y relacionarlas, como si todo fuese uno. Como si un gran reino reuniese a gente tan distinta que no puedan existir los unos sin los otros, y que pudiesen perfectamente entre todos constituir una sola personalidad. El alma sería entonces la complejidad del ser y su complementariedad, y este reino es para mí el único ser.


26 de agosto de 2010

Un día en mi Alejandría (IV)

Siempre me hablaron de que no hay mayor calma que la que precede a la tempestad, y yo me lo tomaba como un dicho apenas pensado, algo para rellenar los silencios y pergaminos. Ahora comprendo la dimensión de su significado. Ahí fuera la noche descansa ajena a la fechoría que está a punto de cometerse bajo su amparo y protección, y las estrellas brillan como si nada fuese a pasar en un millón de años. Pero aquí dentro sí pasa algo, tanta adrenalina supone un festín para un corazón que se está poniendo las botas con todo esto, y lo celebra retumbando con tanta fuerza. Estoy sentado en un banco, mirando al este, y es aquí cuando la metáfora cobra un desgarrador sentido en mi vida, en el otro lado del banco, mirando al oeste, hay una mujer. Quizás es demasiado osado llamarla mujer, por que es algo más, mucho más. Nunca en mi vida vi una mejor representación de la unión de todas las fuerzas de la naturaleza maquillada con tan delicado envoltorio. Es un volcán. La conocí hace bastante tiempo, en un lugar bastante lejano, y me hizo una proposición que acepté sin apenas escucharla. Habría aceptado cualquier cosa que me hubiese pedido. Tiene un don. Hoy, soy su cómplice.


Falta poco para que amanezca, tengo las piernas agarrotadas, tiemblan. Ella me hace una señal y me levanto casi sin darme cuenta, de hecho todo pasará a partir de ahora casi sin darme cuenta. Corremos sigilosamente pegados a las paredes, saltamos en puntos estratégicos, nos agachamos al acercarnos a las ventanas. Todo calculado. Ahí arriba la nube se empieza a esconder tras las nubes para lavarse las manos de lo que va a ocurrir. Yo me limito a seguirla, mientras palpa paredes y abre portezuelas ocultas. Hemos llegado a una habitación, y por la luz que desprenden los ojos de mi socia, es la que buscábamos. Coge de una mesa una copa y de un estante una vieja botella de vino, se lo sirve y se sienta a pensar, aunque yo sé que no le queda nada por pensar, ya sabe lo que hay que hacer. Hablaba una leyenda de una muy antigua y valiosa joya encontrada en las profundidades del Cairo, que había sido la causa de varias guerras entre reinos. Su color rojizo oscuro no hace sino encerrar todo su misticismo y brillo. Sin duda la piedra más hermosa del mundo, pero es eso, una piedra, aunque si ella la quiere, la tendrá.

Hemos venido a Alejandría porque es el anciano alquimista de la ciudad el encargado de custodiarla hasta que, al amanecer, se entregue al rey del país vecino como símbolo de paz y cordialidad, después de las malas relaciones que han reinado en los últimos tiempo. Me mira, y yo sé lo que quiere decir, ella enciende una antorcha para alumbrarme, y yo le doy algo en la mano, sin preguntarse lo que es, se lo guarda. Una gran puerta de cristal separa la habitación de un pequeño pasillo, hago palanca con una barra metálica, abro la puerta, y cruzo el corredor. Aquí está. Dibujo algo en el suelo, para desvanecer cualquier posible conjuro fruto de la alquimia, y lo cojo con delicadeza. Realmente su belleza no es tan impresionante, no tanto al menos como lo es la que me espera en el otro lado del corredor. Como decía todo está pasando muy rápido, y ella me grita que se lo lance a las manos, no pienso en nada cuando ella me pide algo, solo en obedecerla, así que lo hago. Debí sospechar lo que estaría a punto de pasar. Se guarda la joya, y lanza la antorcha hacia la habitación (de madera) antes de dejar bien cerrada la puerta. Mi muerte le asegura no tener que compartir la riqueza con nadie, pero yo no quería nada, si me hubiese preguntado... Podría hacer esfuerzos inútiles por extinguir el fuego, pero esto se está acabando, y prefiero pasar los últimos instantes de mi vida viendo cómo se va. Es hipnotizante cómo mueve las caderas.


Debo salir de aquí antes de que el fuego se extienda al resto de la casa y salte la alarma. Queda poco para huir por fin de esta vida, y ser una verdadera reina. Una vez fuera, la luna está escondida y las estrellas se van disipando, casi ha amanecido. Corro hacia el acantilado donde preparé el bote para la huida. Me noto un bulto en el bolsillo, es lo que me dio Pablo. Es un anillo, será mejor tirarlo por ahí, no necesito esta carga para nada. Se escuchan susurros, llevo un rato sintiendo como me persigue una sombra. Tengo tiempo para quitármelo de en medio, así que me paro en medio de un claro. De entre los arbustos sale un joven de unos quince años, de poco peso y baja estatura, muy mal aspecto, visiblemente drogado. Deslizo la mano hacia la navaja que guardo en el cinto y me lanzo hacia él. Escucho un ruido ahí detrás. Todo se vuelve oscuro.

Le he dado. Ha estado a punto de cargarse a mi amigo, menos mal que estuve atento, esta no era la típica campesina que no opone resistencia, le advertí que nos costaría un susto. Mientras él la examina para ver que tiene, me fijo en algo que brilla en unos metros, me acerco y cojo el anillo, mi amigo ha sacado todo lo que tenía que sacar, así que cojo el cuerpo intentando que la sangre no se desperdigue mucho y lo poso al pie de un árbol, este anillo no debe valer mucho, sin que lo vea mi compañero se lo pongo en las manos y las cruzo cerradas sobre el pecho. Le cierro los párpados. Fernando tiene los ojos como platos, ha descubierto una especie de gema que podría tener algún valor, me acerco a examinarla, pero él sale corriendo hacia el acantilado, como si la quisiese para él solo. Le persigo antes de que tenga tiempo a esconderla y le arrincono. ''Sal de ahí, es peligroso, tranquilo, repartiremos las ganancias cuando lo vendamos''. Con el semblante más serio que jamás le vi, hace un gesto de negación, y se tira al mar para escapar. Mi corazón está encogido, apenas puedo moverme, pero alcanzo a ver como el mar se tiñe de rojo. Debo salir de aquí antes de que amanezca, no pueden relacionarme con esto.



Hace ya un rato que amaneció, es increíble que después de más de cuarenta años contemplando el espectáculo no acabe de acostumbrarme, cada amanecer tiene un matiz distinto, con el tiempo he aprendido a prestar atención a esos detalles para que la pesca no se haga tan monótona. Aquí posado frente al gran faro que se observa a los lejos he pasado más de quince horas al día durante muchos años para dar de comer a mi familia. Tanto utensilio de pesca, y al final lo más importante es la fuerza de voluntad, y la resistencia física. De un tiempo a esta parte no ha habido mucha bonanza en cuanto a pescado se refiere, comemos de vez en cuando, pero eso ha dejado de ser suficiente desde que mi hijo anunció su boda con la joven Ariadna. No hay dinero, es lo que hay. Algo ha picado, no parece gran cosa, con un tirón basta para capturarlo, al subirlo me doy cuenta de que tiene un extraño abultamiento. Lo abro con el cuchillo y se descubre, bajo las tripas, una joya, no sé qué valor tendrá, pero con que valga como su belleza, tengo para darnos de comer al menos dos semanas. Dejo mis cosas a fianza de un pescador que está a mi lado y voy corriendo camino al tasador. Esto podría pagar la boda de mi hija. A la altura de la puerta de la ciudad, con la prisa como consejera, acabo chocando con un chico, y con una rocambolesca pirueta la joya se desliza de mis manos para acabar metida en su ancho bolsón, parece que no se ha dado cuenta, así que me dispongo a recuperarlo cuando me advierte una voz desde ahí detrás: ''Ten cuidado, tiene sangre azul''.

1 de agosto de 2010

Un día en mi Alejandría (III)


Mi nombre es Eduardo, proviene del germano y significa ''el guardián'', es un nombre bastante apropiado a mi situación (que únicamente tú, como lector, intuyes que es completamente pretendida por un, para mí, abstracto escritor, pero yo en mi fingido desconocimiento del creado solo puedo atribuirle la situación de la coincidencia entre nombre y oficio a una inocente y anecdótica casualidad), podría haber tenido otros nombres parecidos en significados, pero habría desacuerdos en ciertos matices (no es lo mismo guardar que proteger), pero olvidando estos matices podría haberme llamado Héctor o Edmundo si protegiese unos dominios propios, Ramón si además de protector fuese sensato o Alejandro si mi papel en esta historia fuese más trascendental, por el contrario Darío o Guillermo se desprenden de tantos matices ofreciéndose ante un público menos selecto con su inespecífica y honrada generosidad. Pero como ya digo, mi madre y, probablemente la casualidad, decidieron que me llamase Eduardo ''el guardián''. A pesar de toda esta palabrería no soy un charlatán, pero me veía obligado a buscar un enlace entre mi condición de guardián (de algo que aún no sabes) y la de hijo (recordemos, para evitar confusiones, que todo hijo tiene una madre y toda madre tiene a su vez otra madre, constituyéndose así clara y definidamente una cadena de historias para contar que pienso aprovechar en este momento).

Mi madre era la típica mujer de la que te enamoras sin dificultad ni pretensiones. Tengo una imagen de ella en la cabeza, pero me cuesta describirla con lógica, veo una chica joven que da saltos, brilla con intensidad y saca la lengua. Un buen día se despidió de su madre (de cuya historia prescindiré) pidiendo permiso para fugarse con un joven de, pongamos, Tebas. Ella era así, le gustaba pedir permisos que no necesitaba ni luego tendría en cuenta. No se lo dieron, y se fugó sin más demora. Anduvieron por los campos y desiertos una temporada, hasta que ella se encaprichó de Fabricio, un hijo de artesano con dinero y sin vergüenza y se fue con él a Alejandría para que les mantuviese el bueno del artesano. Una noche se dio cuenta de que se sentía atada, y ella quería brillar, saltar, y sacar la lengua, así que volvió a escapar. En una taberna bebió, conoció a alguien, volvió a beber, e hicieron el amor. Fue en la playa, sobre una roca, llovía, ella lloraba de felicidad (por dentro brillaba), él estaba quizás más pendiente de demostrarle su masculinidad que de disfrutar. Cuando ella despertó él no estaba, se percató unas semanas después de que aquel hombre le había probado su masculinidad de la forma más esencial e indiscutible. Estaba embarazada. Ya no saltaba. Es por esto que la llamo madre, y ahora podemos decir que su madre la llamó María.


Quizás te has percatado del cambio de párrafo y te hayas preguntado el motivo, confieso que en este punto voy a enlazar una historia con otra. Yo tenía unos cinco años cuando recogíamos frutos en el bosque para comer, seré breve cuando diga que la tormenta era terrorífica y nos sorprendió. Ella me tranquilizaba diciendo que los árboles pararían el impacto de los árboles, y así fue, actuaron de escuderos ante los impactos, pero fueron sin querer el asesino de su caballero. Un de los rayos partió en dos un árbol que, casualidades, cayó directamente sobre mi madre, sobre mí cayeron un montón de ramas que no me mataron, pero me dejaron sepultado y con los miembros inmovilizados. Por el suelo se filtraba algo de oscura sangre, que no era la mía, y se podían escuchar algunos lamentos, que no salían de mi boca. Ahí fuera vi otra luz y recordé que mi madre saltó para esquivar el impacto. Ignoro si murió con la lengua fuera, pero me gusta imaginar que abandonó la vida como la vivió, brillando, saltando, y con la lengua fuera.

Yo permanecí heroicamente días allí, solo podría ver algo de luz que se infiltraba en el montón de madera que me sepultaba, y eso, madera que crepitaba ante la humedad y me protegía de las temperaturas y las alimañas. Esa imagen me fascinó y se gravó en mí para siempre, así que pronto decidí que lo que me gustaba en la vida era la madera. Rescatado y adoptado por el guardabosques desarrollé rápido mis dotes de investigación y estudié maniáticamente la madera (como el maníatico que se obsesiona con, pongamos, la piel de cerdo), cuando concluí que ya conocía todos sus componentes microscópicos y sus propiedades me dispuse a trabajar con ella. Primero fui carpintero, me cansé de darle forma y fui un simple vendedor para hogueras y fogatas, me cansé de comerciar con ella (la traicionaba en cierta forma, igual que siendo carpintero o juguetero, o constructor) y tras muchos años acabé aquí, de guardián. La madera mató a mi madre y salvó mi vida, es una idea que me perturba en las noches, aun así la única forma de no utilizar la madera de una manera ofensiva y traicionera era protegerla, salvagurdarla y moderar su utilización. Soy uno de los guardianes de la gran puerta de Alejandría.

Y he contado todo esto en lugar de concluir simplemente diciendo ''Mi nombre es Eduardo, soy un guardián de la gran puerta de Alejandría''. Esto a parte de tener menos mérito me privaría de hablar de lo que principalmente quería hablar. ¿Nunca te has preguntado por qué sientes más pena ante la muerte de personas de las que conocías algo que de completos desconocidos? En la vida he aprendido a descartar el altruismo y la bondad como algo espontáneo, es más algo reprimido que aflora sin motivo y al azar. Todas las cosas tienen una historia, la linealidad del tiempo humano así lo exige, estas historia se transmite e interpreta de distintas formas y acabamos teniendo una imagen mental de su esencia. Nosotros mismos tenemos una historia, y la dichosa imaginación nos hace pensar en cómo sería la forma perfecta en la que se desenvolvería. Ponemos en nuestra historia toda nuestra esperanza, porque es lo más preciado que tenemos. Que una historia que conocemos quede destruída sin vuelta atrás nos hace plantearnos inconscientemente que nuestra propia historia también podría, por puro azar, verse truncada algún día. Ese azar que decide nuestro día a día y que sin embargo apenas tenemos en cuenta a la hora de planear nuestra historia. Es todo egoísmo, sufrimos cuando se pierden historias porque la nuestra se perderá algún día. La poca piedad por los animales se puede explicar mediante lo poco cristalinas que vemos sus historias, por el contrario si un animal vive su historia junto a la nuestra y somos testigos, sí llegamos a sentir esa pena por su final posiblemente incorrecto.

Mi compañero, al otro lado de la puerta, me habla de una cita (''así que no entiendo por qué lavarme los dientes antes de una cita si quedamos para cenar, ¿para qué hacer la cama si luego la voy a deshacer?''), y me pregunta por mi hija Ariadna. Le respondo con un falso interés, al fin y al cabo oirás hablar de ella en otra ocasión. Alguien se acerca para entrar en la ciudad, mi compañero y yo nos miramos con asombro. Ha vuelto a la ciudad, y va solo.

21 de julio de 2010

Un día en mi Alejandría (II)


No sé cómo ni por qué, pero de repente vuelvo a gozar de conciencia, quiero alargar un poco más estos instantes que preceden a lo que ahí fuera denominan la auténtica vida. Un abrir de ojos me separa de la realidad, que ya se mueve, a juzgar por el canto de los pájaros. Hoy puede ser un gran día. Me preparo. Una, dos, y tres. La primera imagen mezcla todas las dimensiones y colores que me rodean, fundiéndose en una especie de amarillo muy oscuro, que se va diferenciando poco a poco para conformar una pequeña habitación con escritorio, ventana, puerta, y poco más. Casi a ciegas aún busco a tientas unos calzones para que no puedan las vecinas cotillear sobre la íntegra vista de mi ''lozano'' cuerpo y echo a andar. En el escritorio, al lado de un montón de pergaminos y alguna que otra pluma, hay una bolsa de monedas casi vacía ya. Debo darme prisa en escribir algo ya, tendrá que ser algo de poesía, porque de argumentos ando escaso.

La ventana está abierta de par en par, hace un buen día y la gente anda animada por las ajetreadas callejuelas. Hablan, conducen a sus animales, negocian, corren... Yo solo necesito un poco de motivación para empezar con lo mío. Amaso cuidadosamente con los dedos un poco de aire, esto no tiene mucha consistencia, así que estiro el brazo y llamo a una nube, de la que arranco un pedazo para envolver el aire. Falta fuego, de lo que se ocupa el sol, que enciende mi nueva obra, a la que no tardo en darle un par de caladas. Soy consciente de que mi percepción de la realidad ha quedado algo afectada con tanto tiempo de encierro con la escritura, pero lo llevo como puedo.

Inconscientemente mi mirada se desvía hacia un balcón muy especial y, de nuevo la suerte no se pronuncia, ella está ahí. La verdad es que no sabría decirte si su color de pelo está más cerca del rojo o del negro, si sus ojos son claros u oscuros, o si esas curvas son fruto de un pacto con el mismo diablo. Lo que sí sé decir es que en tantísimos años que llevo de vida no he logrado encontrar algo que se acerque tanto a la perfección, y a su vez sea más sencillo, tan sencillo como dañino puede llegar a ser. Ríos de tinta han caído sobre mis pergaminos inspirados por la figura que se halla tendiendo las prendas de su hogar en estos momentos. No puedo con ella, si no me la logro quitar de la cabeza no conseguiré escribir nada que no la trate, y no podría moralmente vender nada relacionado con ella, así que necesito olvidar, voy a coger la botella de mi escritorio. Precisamente el último pergamino, el más visible de los que están sobre él, es un poema sobre ella, aunque una mancha (no sabría decir si es sangre seca o tinta) tapa la mayoría. El trozo más legible reza así:


‘’Y la misma brisa que ondula tus cabellos

es la que me arrancan sin piedad

apretando mis carnes, apagando mi eco,

clavando las uñas en infértil tierra.’’


Como era de esperar, la botella está vacía, tendré que salir a buscar algo que me ayude a evadirme. Me perfilo la barba con la navaja y me visto. Por la calle me cruzo con Blanca, la frutera, me atrevería a decir que uno sólo de sus pechos compite en tamaño con su cabeza, es algo ruda, tosca y a veces poco delicada, pero (con perdón) no sé qué tiene que sólo su aroma me la pone tiesa. Creo que es esa ternura y cariño que emana (ahora mismo me sonríe mientras nos cruzamos). Más de una noche y de veinte ha ahogado mi soledad con su calor. Sospecho que tiene un hijo, una vez creí verlo cuando me desperté en su alcoba, pero tampoco le pregunté sobre ello, su vida me importa bastante poco, la verdad.

Una vez en la taberna, el ambiente es el de siempre, deprimentemente familiar, el lugar más austero donde uno puede sentirse cómodo. Me siento, a mi lado hay un borracho medio dormido. El barman me saluda, él no lo sabe, pero es mi mejor amigo, y la verdad tampoco ha necesitado mucho para serlo.

-Ponme algo fuerte, compañero.

-Hecho, ¿cómo van esos trabajos para el rey?

-En eso estamos, creo que estoy algo estancado, necesito viajar o cambiar un poco de vida.

-Menos mal que para parecer interesado en historias de borrachos y servir algunas jarras no es necesaria inspiración. Por cierto, ¿a que no sabes quién ha vuelto hace poco a la ciudad para hacerle una visita precisamente a su majestad?


12 de mayo de 2010

Un día en mi Alejandría (I)

Cuando todo está perdido en la bruma y no atinas a ver el horizonte necesitas de un lugar al que llamar hogar, un sitio al que volver. También de una mirada complice de la que jamás esperarías maldad, y de esa sonrisa torcida que te asegura que todo irá bien, ya que has vuelto a tus raíces, de donde nunca debiste salir. Un lugar al que llamar hogar...

Mientras me abren la puerta a la ciudad oigo unos cascabeles que anuncian mi llegada. Me choco con un pescador que se cruza en mi camino, se le ve muy agobiado. Justo al entrar hay en los laterales dos montones gigantes de paja, sobre uno de ellos destaca un chico aparentemente despreocupado con su sombrero de paja, parece estar buscando formas en las nubes.

Siento palpitaciones al volver a moverme por este lugar y siento como si nada hubiese cambiado. La gente pasa por mi lado indiferente a mi presencia, algunos me sonríen y otros me saludan con un gesto de sombrero. Mis pasos se precipitan hacia un lugar que pocos conocemos. De fondo se escucha una vieja harmonica sonando y huele a jazmín a medida que me voy acercando a mi destino. Apartado de la zona urbana hay un camino de tierra que conduce a una gran escalera del marmol. La subo con paso lento mientras el viento me golpea de frente.

Nada más llegar arriba recojo una naranja que se ha caído al suelo. Decenas de naranjos se alzan ante mí, también al fondo hay un mirador que deja ver el mar. Apoyado en la baranda se haya un viejo amigo, al fin y al cabo la gente no cambia. Me acerco con cautela y le toco la espalda, sin mirarme ya sabe quién soy. ''¿Dónde has estado todo este tiempo?''. Tenía que salir fuera, ser libre, intentar volar, aprender todo lo que pudiese, y aprender un poco sobre aquello a lo que llamaban amor, pero estoy cansado, sé que todo lo que hago supone un avance en mis objetivos, pero echaba de menos la simpleza de ser feliz con lo mío, con lo que soy, sin tener que buscar fuera. Me echaba de menos, y a tí, y a todo esto. Tengo que ir a ver a una persona, ¿serías tan amable de acompañarme hasta allí?.
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